La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Sea que estuviese menos acostumbrado a las relaciones reales, o que su carácter le hiciera tener mayor respeto a las testas coronadas, fuera cual fuere el traje con que las veía, o el que vistiese él mismo al presentarse a ellas, el aprendiz, sin contestar a la invitación, y después de haber dejado pasar un intervalo conveniente entre la aparición del maestro Gamain y la suya, permaneció de pie, con la chaqueta debajo del brazo y la gorra en la mano, junto a la puerta que el ayuda de cámara acababa de cerrar detrás de ellos.

Por lo demás, tal vez estuviese allí mejor que en línea paralela con Gamain, para sorprender la expresión de alegría que brilló en los ojos apagados de Luis XVI, y contestar con una respetuosa inclinación de cabeza.

—¡Ah!, eres tú, querido Gamain —exclamó Luis XVI—; me alegro mucho de verte; a decir verdad, no contaba ya contigo, y creía que me hubieses olvidado.

—Y he aquí por qué —contestó Gamain—, habéis tomado un aprendiz. Me parece muy bien, y estabais en vuestro derecho, puesto que yo no me hallaba aquí; más por desgracia —añadió con una sonrisa burlona—, el aprendiz no es un maestro.

—¡Cómo ha de ser, mi pobre Gamain! —replicó el Rey—; me habían asegurado que ya no querías verme ni de cerca ni de lejos, bajo el pretexto de que temías comprometerte…


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