La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¡Oh!, sÃ, un dÃa de trabajo para otro; pero a mà me bastarÃan dos horas, por supuesto, dejándome solo y sin aburrirme con observaciones… Gamain por aquÃ… Gamain por allá. Por lo tanto, que me dejen solo; la fragua me parece estar bien provista de útiles, y dentro de dos horas… si la obra se refresca convenientemente —añadió Gamain sonriendo—, podéis volver con la seguridad de encontrar el trabajo concluido.
Lo que Gamain pedÃa era lo que el Rey deseaba, pues de este modo tendrÃa ocasión de hablar a solas con el aprendiz. Sin embargo, aparentó poner dificultades.
—Pero ¿y si necesitáis alguna cosa, pobre Gamain?
—Si necesito algo, llamaré al ayuda de cámara, y con tal que tenga orden de darme lo que yo le pida… esto es cuanto necesito.
El Rey se dirigió a la puerta.
—Francisco —dijo al abrirla—, permaneced aquÃ. Ahà está Gamain, mi antiguo maestro cerrajero, que se ocupa en corregir un trabajo mal hecho; le daréis todo cuanto necesite, y sobre todo una o dos botellas de Burdeos.
—Si por efecto de vuestra bondad, señor, quisierais recordar que prefiero el Borgoña… ese diablo de Burdeos me parece agua tibia.