La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—¡Ah!, sí, es cierto… lo olvidaba —dijo Luis XVI sonriendo—, aunque hemos trincado más de una vez juntos, amigo Gamain… Traeréis Borgoña, Francisco, y del mejor, de Volnay.

—¡Bien —exclamó Gamain!, pasándose la lengua por los labios—, recordaré ese nombre.

—Te hace venir el agua a la boca, ¿eh?

—No habléis de agua, señor; no sé para qué puede servir esta, como no sea para templar el hierro; pero los que la han empleado para otro uso, no le dieron su debida aplicación… El agua, ¡uf!…

—Pues no tengas cuidado; mientras que estés aquí no oirás hablar de agua, y por temor que al uno o al otro se nos escape esta palabra, te dejamos solo; cuando hayas concluido, envíanos aviso y volveremos.

—¿Y qué pensáis hacer entre tanto?

—Trabajar en el armario a que se destina esa cerradura.

—Esa es la obra que os conviene. ¡Que vaya bien!

—¡Buen ánimo! —contestó el Rey.

Y Luis XVI salió con el aprendiz Luis Lecomte, o el conde Luis, como lo preferirá sin duda el lector, a quien suponemos bastante perspicaz para haber reconocido en el falso compañero al hijo del marqués de Bouillé.


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