La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Tan sólo esta vez Luis XVI no salió de la fragua por la escalera exterior y común a toda la servidumbre, sino que bajó por la secreta, reservada para él solo.
Esta escalera conducía a su despacho.
Una de las mesas de este aposento estaba cubierta por un inmenso mapa de Francia, lo cual probaba que el Rey había estudiado ya con frecuencia el camino más corto o más fácil para salir de su reino.
Pero hasta que llegó al pie de la escalera, y después de pasear una mirada investigadora por su despacho, cuando la puerta se cerró detrás de él y de su compañero, Luis XVI no aparentó reconocer al que le seguía con la chaqueta al hombro y la gorra en la mano.
—Por fin —dijo—, ya estamos solos, querido Conde; permitidme ante todo felicitaros por vuestra destreza, y daros las gracias por vuestra fidelidad.
—Y yo, señor —contestó el joven—, permitidme ofreceros mis excusas por haberme presentado a Vuestra Majestad, aunque sea en servicio, con la ropa que llevo puesta, atreviéndome a dirigirle la palabra como antes lo hice.
