La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Gilberto estaba estupefacto ante aquel hombre singular que sabía preparar tan bien sus medios de efecto, que se inclinaba a creer que, semejante a Dios, tenía el don de abarcar a la vez el conjunto del mundo y sus detalles, para leer en el corazón de los hombres.

—¡Sí eso es —dijo—, y siempre sois el mágico, el hechicero, el encantador!

Cagliostro sonrió satisfecho; era evidente que le enorgullecía haber producido en Gilberto la impresión que este último, a pesar suyo, manifestaba en su semblante.

Gilberto continuó:

—Y ahora, como os amo seguramente tanto como vos a mí, querido maestro, y como mi deseo de saber lo que ha sido de vos después de nuestra separación, es por lo menos tan vivo como el vuestro, puesto que os indujo a informaros acerca de mí, ¿queréis decirme, si la pregunta no es indiscreta, en qué lugar del mundo habéis ejercido vuestro genio, manifestando vuestro poder?

—¡Oh!, en cuanto a mí —repuso Cagliostro sonriendo—, he visto reyes, y no pocos, mas con otro objeto. Vos, según veo, os acercáis a ellos para sostenerlos, mientras yo lo hago para derribarlos; tratáis de hacer un rey constitucional, y no lo consiguiréis; yo hago emperadores, reyes y príncipes filósofos, y realizo mi objeto.


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