La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¡Perfectamente! Cierto que habían sido muy bien preparados por Voltaire, Alembert y Diderot, esos nuevos Mecenas, esos sublimes menospreciadores de los dioses, y también, por ejemplo, de ese querido rey Federico, a quien hemos tenido la desgracia de perder; pero, en fin, ya lo sabéis, excepto aquellos que no mueren, como yo y el conde de Saint-Germain, todos son mortales. Tan cierto como que la Reina es hermosa, mi querido Gilberto, y que recluta soldados que combaten contra sí propios, hay reyes que ayudan a la caída de los tronos, con más fuerza que los Bonifacio XIII, los Clemente VIII y los Borgia contribuyeron a la caída del altar. Así, por ejemplo, tenemos por lo pronto al emperador José II, hermano de nuestra bien amada Reina, que suprime las tres cuartas partes de los monasterios, que se apodera de los bienes eclesiásticos, que expulsa de sus celdas a los mismos carmelitas, y que envía a María Antonieta grabados representando religiosas sin capucha, hablando de las nuevas modas, y frailes sin hábito, rizándose los cabellos. Tenemos al rey de Dinamarca, que comenzó por ser el verdugo de su médico Struensée, y que, filósofo precoz, decía a los diecisiete años: «Voltaire es quien me hizo hombre y me enseñó a pensar». Además tenemos a la emperatriz Catalina, que da tan grandes pasos en filosofía, desmembrando la Polonia, por supuesto, y a quien Voltaire escribió: «Diderot, Alembert y yo, os erigimos altares». Citaré, por último, a la reina de Suecia, y a muchos príncipes del imperio de toda Alemania.