La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —No os falta más que convertir al Papa, querido maestro, y como creo que nada es imposible para vos, espero que lo consiguiréis.
—¡Ah!, en cuanto a eso será difĂcil. EscapĂ© de sus uñas seis meses hace, hallándome en el castillo de San Angelo, asĂ como vos estabais en la Bastilla.
—¡Bah! ¿Y han derribado también los Transteverinos el castillo de San Angelo, como el pueblo del arrabal de San Antonio derribó la Bastilla?
—No, querido doctor, el pueblo romano no ha llegado aĂşn a esto… ¡Oh!, estad tranquilo, ya vendrá algĂşn dĂa; el papado tendrá su 5 y 6 de octubre, y por este concepto, Versalles y el Vaticano se igualarán.
—Pues yo creĂa que una vez entrado en el castillo de San Angelo, no se volvĂa a salir…
—¡Bah! ¿Y Benvenuto Cellini?
—¿Y habrĂ©is hecho, como Ă©l, un par de alas para volar sobre el TĂber, como un nuevo ĂŤcaro?
—Hubiera sido muy difĂcil, pues me hallaba alojado, para mayor precauciĂłn evangĂ©lica, en un calabozo profundo y muy negro.
—¿Y al fin habéis salido?
—Ya lo veis, puesto que estoy aquĂ.
—Sin duda sobornasteis a vuestro carcelero a fuerza de oro.
—Estaba de desgracia, pues mi guardián era incorruptible.