La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¿Incorruptible? ¡Diablo!
—SÃ, mas por fortuna no era inmortal: la casualidad, o más bien la Providencia, quiso que muriera al dÃa siguiente, de negarse por tercera vez a abrirme las puertas de la prisión.
—¿Murió de repente?
—SÃ.
—¡Ah!
—Fue preciso reemplazarle, y otro ocupó su lugar.
—¿Y aquel no era corruptible?
—¡Oh!, aquel, el mismo dÃa en que comenzó a desempeñar sus funciones, me dijo al llevarme la cena: «Comed bien y adquirir fuerzas, porque tendremos mucho que andar esta noche». ¡Pardiez!, el buen hombre no mentÃa; aquella misma noche reventamos cada uno tres caballos y recorrimos cien millas.
—¿Y qué dijo el gobierno cuando echó de ver vuestra fuga?