La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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El hombre desconocido hizo un movimiento con los labios.

—La verdad es que me parece mezquino —contestó.

—Esperad, que aún no es todo. Tomo los veinticinco luises, los guardo en el bolsillo, y digo al Rey: «Gracias, señor; pero con esto no he comido ni bebido desde la mañana, y me muero de sed». Aún no había concluido, cuando la Reina entra por una puerta disimulada, de modo que de improviso, sin el menor anuncio, la veo delante de mí; llevaba en la mano un plato con un vaso de vino y un bizcocho: «Amigo Gamain, me dijo, si tenéis sed, bebed este vaso de vino, y si tenéis ganas de comer algo, aquí tenéis un bizcocho». «¡Ah, señora reina!, exclamé saludándola, no valía la pena molestarse por mí». Decidme, qué pensáis de esto… un vaso de vino, a un hombre que se queja de tener sed, y un bizcocho al que tiene hambre… ¿Qué quería la Reina que yo hiciese con esto? ¡Bien se ve que ella no ha sufrido nunca hambre ni sed!… ¡un vaso de vino!… ¡Esto da lástima!…

—¿Y habéis rehusado?



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