La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Mejor hubiera sido esto… pero bebÃ. En cuanto al bizcocho, lo envolvà en mi pañuelo, diciéndome: «¡Lo que no es bueno para el padre, lo es para los hijos!». Después di gracias a Su Majestad, como si valiese la pena, y me puse en marcha, jurando que no volverÃan a cogerme en las TullerÃas…
—¿Y por qué decÃs que mejor hubierais hecho en rehusar el vino?
—Porque seguramente estaba envenenado. Apenas hube pasado del puente Tournant, me acosó una sed… ¡pero que sed! Tal era, que teniendo el rÃo a mi izquierda y las tabernas a mi derecha, vacilé entre ir al uno o a las otras… ¡Ah!, allà fue donde conocà la mala calidad del vino que me habÃan dado, pues cuanto más bebÃa más aumentaba mi sed. Esto duró hasta que, al fin, perdà el conocimiento; pero que no tengan cuidado, porque si alguna vez me llaman para prestar declaración contra ellos, diré que me dieron veinticinco luises por trabajar cuatro horas y contar un millón, y que por temor de que yo denunciase el sitio donde ocultaban su tesoro, me envenenaron como a un perro[14].
—Y yo, amigo Gamain —dijo el armero levantándose, sin duda porque ya sabÃa cuanto deseaba—, apoyaré vuestro testimonio, diciendo que yo soy quien os dio el contraveneno que os salvó la vida.