La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Sí, en mi alojamiento de la calle de San Claudio, donde ocupa su antigua habitación; y si sois muy juicioso y quedo contento de vos, si me dais noticias que me interesen o me diviertan, entonces, señor de Beausire, os pondremos veinticinco luises en el bolsillo, para que vayáis a echarla de caballero en el Palais-Royal, y un buen traje en los hombros, para que hagáis de enamorado en la calle de San Claudio.
Beausire estuvo tentado de levantar la voz y reclamar a Oliva; pero Cagliostro había dicho dos palabras acerca de aquel desgraciado asunto de la embajada de Portugal, siempre suspendido sobre la cabeza del antiguo exento, como la espada de Damocles, y Beausire se calló.
Entonces, habiendo manifestado duda sobre que la señorita Oliva estuviese en la casa de la calle de San Claudio, el señor Conde mandó enganchar y marchó con Beausire a la antigua mansión. Una vez allí le introdujo en el sanctum sanctorum, donde, levantando un cuadro le hizo ver, por una abertura hábilmente practicada, a la señorita Oliva vestida como una reina, sentada en una butaca, y leyendo uno de esos malos libros, tan comunes en aquella época, pero que eran la delicia de la antigua doncella de la señorita de Taverney.
El niño Santos, engalanado tan bien como un príncipe, con sombrerito blanco a lo Enrique IV y pantalón azul celeste sujeto con un cinturón tricolor franjeado de oro, se entretenía con magníficos juguetes.