La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Entonces recordó que el conde de Cagliostro no había querido salir con él de la casa, diciendo que tenía que hablar confidencialmente con la señorita Nicolasa. Era un motivo para concebir sospechas, y el antiguo emérito supuso que su amante había sido robada por el conde Cagliostro. Como buen sabueso, Beausire husmeó en aquella vía y la siguió hasta Bellevue; una vez aquí, dio su nombre y al momento se le introdujo a presencia del barón de Zannone o del conde Cagliostro, como al lector le plazca, que era por el pronto, sino el personaje principal, por lo menos el resorte del drama que nos hemos propuesto referir.

Introducido en el salón que ya conocemos, por haber visto entrar allí al doctor Gilberto y al marqués de Favras, y al verse frente al Conde, Beausire vaciló, pues parecíale Cagliostro tan gran señor, que ni siquiera osaba reclamar su querida.

Pero como si hubiese podido leer en el corazón del antiguo exento, el Conde le dijo:

—Señor de Beausire, he observado una cosa, y es que no tenéis en el mundo más que dos pasiones verdaderas: el juego y la señorita Oliva.

—¡Ah!, caballero —exclamó Beausire—, ¿sabéis, pues, lo que me trae aquí?

—Perfectamente. Venís a reclamarme a la señorita Oliva, y os diré que se halla en mi casa.

—¡Cómo! ¿En casa del señor Conde?


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