La Condesa de Charny

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Este era el único cambio importante que se había hecho en la conspiración; todo estaba en las mismas condiciones; el dinero se había distribuido ya, los hombres estaban prevenidos, y solamente faltaba que el Rey dijese «¡Sí, o no!», para que a una señal de Favras se pusiera por obra el proyecto.

Tan sólo una cosa inquietaba al Marqués, y era el silencio del Rey y de la Reina sobre el particular. Esta última, acababa de romperle por conducto de Isidoro, y por vagas que fueran las palabras que a este se había encargado transmitir al Marqués y a su esposa, tenían gran importancia saliendo de una boca real.

Isidoro prometió al señor de Favras comunicar aquella misma noche a la Reina y al Rey la expresión de su fidelidad.

El joven Barón, como ya sabemos, había marchado a Turín el mismo día de su llegada a París, y por lo tanto, no tenía más alojamiento que la habitación ocupada antes por su hermano en las Tullerías. Ausente este último, dio orden a un criado del Conde para que la abriesen.

A las nueve de la noche entraba en el salón de la princesa de Lamballe.


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