La Condesa de Charny
La Condesa de Charny No había sido presentado a esta dama, que no lo conocía; pero avisada de antemano por una palabra de la Reina, bastó anunciar su nombre para que la princesa le recibiese, y con esa gracia encantadora que hacía en ella las veces del talento, le comprendió desde luego en el círculo de los amigos íntimos.
Ni el Rey ni la Reina habían llegado aún; el señor de Provenza, inquieto al parecer, hablaba en un ángulo del salón con dos caballeros amigos de confianza el señor de la Chatre y el señor de Avaray; el conde Luis de Narbona iba de un grupo a otro con la desenvoltura del hombre que se considera en familia.
Aquel círculo de los íntimos se componía de caballeros jóvenes que habían resistido al afán de la emigración. Eran los señores de Lameth, que debiendo mucho a la Reina, aún no se habían declarado en contra de ella; el señor de Ambly, una de las buenas o malas cabezas de la época, como se quiera; el señor de Castries, el señor de Fersen, y Suleau, redactor jefe del chistoso diario las Actas de los Apóstoles, todos ellos hombres de corazón leal y de cabeza ardiente, pero algunos de ellos algo locos.
Isidoro no trataba a ninguno de estos jóvenes; pero sus nombres eran bien conocidos, y la benevolencia particular de la Princesa les honraba: todas las manos se habían alargado para estrechar la suya.