La Condesa de Charny

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Por lo pronto, traía noticias de aquella otra Francia que vivía en el extranjero; a ninguno le faltaba un pariente o un amigo entre los príncipes; Isidoro había visto a toda aquella gente, y era como un diario de noticias.

Hemos dicho que Suleau estaba allí; él era quien sostenía la conversación y excitaba la risa. Aquel día había asistido a la sesión de la Asamblea, donde Guillotín, subiendo a la tribuna, elogió las dulzuras de la máquina que acababa de inventar; habló del ensayo triunfante practicado aquella misma mañana, y pidió que se le hiciese el honor de substituirle a todos los instrumentos de muerte —rueda, horca, hoguera y descuartizamiento— que habían espantado sucesivamente en la Greve.

La Asamblea, seducida por la suavidad de aquella nueva máquina estaba a punto de adoptarla.

Suleau había escrito, refiriéndose a la Asamblea, a Guillotín y a su máquina, unas coplas, que se proponía publicar en su diario.

Las cantaba a media voz en un círculo de alegres oyentes, provocando risas tan francas, que el Rey, que llegaba con la Reina, las oyó desde la antecámara y como el pobre Luis XVI se reía entonces poco, prometióse averiguar qué asunto promovía, en aquel tiempo de tristeza en que se hallaba, tanta hilaridad.


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