La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—¡Oh! —balbuceó el conde de Provenza—, yo no estoy preparado, y no tengo nada dispuesto para la marcha.

—¡Cómo! ¿No estáis avisado? —replicó el Rey—. Sin embargo, vos sois quien le facilitaba el dinero al marqués de Favras. ¡Ninguno de vuestros preparativos hecho, y eso que os informan de hora en hora acerca del estado en que se halla la conspiración!

—¡La conspiración! —repitió el conde de Provenza palideciendo.

—Sin duda, porque lo es realmente, tanto que si fuese descubierta, el señor de Favras sería reducido a prisión en el Châtelet y condenado a muerte, a menos que a fuerza de solicitudes y de dinero pudierais salvarle, como salvamos al señor de Besenval.

—Pero si el Rey salvó al señor de Besenval, bien podrá hacer lo mismo para el señor de Favras.

—No; pues lo que he podido para uno, no lo podría probablemente para el otro. Por lo demás, el señor de Besenval era mi hombre de confianza, como el marqués de Favras lo es el vuestro. Que cada cual salve al suyo, hermano mío, y los dos cumpliremos con nuestro deber.

Y al pronunciar estas palabras, el Rey se levantó. La Reina le detuvo por el faldón de la casaca.

—Señor —dijo—, bien aceptéis o rehuséis, es preciso dar una contestación al marqués de Favras.

—¿Yo?


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