La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Nada faltaba allÃ: ni la plataforma, ni la escalera que conducÃa a ella, ni los dos postes, ni la báscula, ni la ventanilla, ni el acero en forma de media luna.
Apenas acababa de examinar el último detalle, el Rey se detuvo.
—¡Pardiez! —exclamó—, nada tiene de extraño que el experimento no haya tenido buen éxito, sobre todo la tercera vez.
—¿Cómo asÃ, señor? —preguntó Gilberto.
—Esto consiste en la forma de la cuchilla —contestó Luis XVI—; es preciso no tener la menor idea en mecánica para dar al objeto que se destina a cortar una materia resistente la forma de media luna.
—Pero ¿qué forma le darÃa Vuestra Majestad?
—Es muy sencillo: la de un triángulo.
Gilberto trató de rectificar el dibujo.
—No, no, no es eso —dijo el Rey—. Dadme la pluma.
—Señor —dijo Gilberto—, aquà tenéis la pluma y la silla.
—Esperad, esperad —añadió Luis XVI, dejándose llevar de su amor a la mecánica—; cortad el hierro en bisel, asÃ… y yo os respondo de que cortaréis veinticinco cabezas, una tras otra, sin que el acero sea rechazado ni una sola vez.