La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Gilberto, que no se ocultaba que el accidente reconocía una causa moral, y que sabía que poca influencia tiene la medicina en esta clase de fenómenos, se disponía a retirarse, cuando al primer paso que dio hacia atrás, y como si la Reina adivinara su intención por una doble vista, extendió la mano, le cogió del brazo, y con acento tan nervioso como el ademán que le acompañaba, dijo:

—¡Quedaos!

Gilberto se detuvo admirado: no ignoraba que él era poco simpático para la Reina, y sin embargo, por otra parte, había notado la influencia extraña, casi magnética que sobre ella ejercía.

—Estoy a las órdenes de la Reina —dijo—; mas creo que convendría calmar la inquietud del Rey y de las personas que han quedado en el salón, y si Vuestra Majestad lo permite…

—Teresa —dijo la Reina, dirigiéndose a la princesa de Lamballe—, id a decir al Rey que he recobrado los sentidos, y cuidad de que nadie interrumpa, pues debo hablar con el doctor Gilberto.

La Princesa obedeció con esa dulzura pasiva que era el rasgo dominante de su carácter y hasta de su fisonomía.


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