La Condesa de Charny
La Condesa de Charny La Reina, apoyándose en el codo siguió con los ojos, esperó como si hubiera querido darle tiempo a desempeñar su comisión, y viendo que iba a quedar libre de hablar con el doctor, volvióse hacia este, y fijando en él otra mirada, le dijo:
—Doctor, ¿no os extraña esta casualidad que casi siempre os pone frente a mà en las crisis fÃsicas o morales de mi vida?
—¡Ay de mÃ, señora! —contestó Gilberto—, no sé si debo dar gracias a esta casualidad, o quejarme de ella.
—¿Por qué, caballero?
—Porque leo bastante profundamente en el corazón, para echar de ver que no es a vuestro deseo ni a vuestra voluntad, a lo que se debe este honroso contacto.
—Por eso he dicho casualidad… bien sabéis que soy franca, y sin embargo, doctor, en las últimas circunstancias que nos ha hecho obrar de concierto, habéis manifestado una verdadera abnegación; no lo olvidaré, y os doy las gracias.
Gilberto se inclinó.
La Reina no separaba de él los ojos.
—Yo también soy fisonomista —dijo—. ¿Sabéis lo que acabáis de contestarme sin pronunciar palabra?