La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Señora —replicó Gilberto—, me desesperarÃa que mi silencio fuera menos respetuoso que mis palabras.
—Pues acabáis de contestarme: «Está bien; me habéis dado gracias, y asunto concluido. Pasemos a otra cosa».
—Por lo menos he experimentado el deseo de que Su Majestad sometiese mi abnegación a una prueba que me permitiera manifestarla de una manera más eficaz que hasta aquÃ; y esto explica la afanosa impaciencia que la Reina he leÃdo tal vez en mi fisonomÃa.
—Señor Gilberto —replicó la Reina mirando fijamente al doctor—, sois un hombre superior, y os ruego que me excuséis; tenÃa prevenciones contra vos, pero ya no existen.
—Vuestra Majestad me permitirá darle las gracias de todo corazón, y no por el cumplido que se digna hacerme, pero sà por la seguridad que quiere darme.
—Doctor —replicó la Reina, como si lo que iba a decir se relacionase naturalmente con lo que habÃa dicho—, ¿qué pensáis de lo que acaba de sucederme?
—Señora —dijo Gilberto—, soy hombre positivo, hombre de ciencia, y por lo tanto, tened la bondad de hacerme la pregunta con más precisión.