La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—¡Ah, señora! —dijo Gilberto—, ¡de vos depende humillar a vuestros pies como un cordero a ese león que os espanta!

—¿No le habéis visto en Versalles?

—Y ¿no le habéis visto en las Tullerías? Ese océano que bate sin cesar la roca que se opone a su curso hasta desarraigarla, acaricia como una buena madre la barca que se le confía.

—¡Doctor, todo se ha roto desde hace largo tiempo entre ese pueblo y yo: él me aborrece, y yo le desprecio!

—Porque no os conocéis bien mutuamente. Dejad de ser para él una Reina, y sed su madre; olvidad que sois hija de María Teresa, nuestra antigua enemiga, la hermana de José II, nuestro falso amigo; sed francesa, y oiréis la voz de ese pueblo elevarse hasta vos para bendeciros y su brazo para acariciaros.

María Antonieta se encogió de hombros.

—Sí, ya lo sé… bendice hoy, acaricia mañana, y al otro día ahoga a los mismos a quienes manifestó cariño.

—Porque siente que hay en ellos una resistencia a su voluntad y un odio opuesto a su amor.

—Y ¿sabe acaso ese pueblo, elemento destructor como el viento, el agua y el fuego a la vez, y que tiene los caprichos de una mujer, sabe qué es lo que ama o aborrece?


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