La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Señora, mi único y verdadero maestro es la Naturaleza; Cagliostro no es más que mi salvador. Atravesado de un balazo en el pecho, perdiendo toda mi sangre por la herida, que al cabo de veinte años de estudios consideré incurable, en pocos dÃas, gracias a un bálsamo cuya composición ignoro, aquel hombre me curó, y de aquà mi agradecimiento, casi dirÃa mi admiración.
—Y ¿ha hecho predicciones que se cumplieron?
—Extrañas, increÃbles, sÃ, señora; ese hombre, marcha por el presente con una seguridad que hace creer en su conocimiento del porvenir.
—De modo que, si ese hombre os hubiese pronosticado alguna cosa ¿creerÃais en su predicción?
—Por lo menos obrarÃa como si debiese realizarse…
—De manera que, si os hubiese predicho una muerte prematura, terrible, infamante, ¿os prepararÃais para ella?
—SÃ, señora —replicó Gilberto, mirando fijamente a la Reina—; pero después de haber tratado de escapar por todos los medios posibles.
—¿Escapar? ¡No, doctor, no; bien veo que estoy condenada —dijo la Reina—; esa revolución es un abismo donde el trono caerá; ese pueblo es un león que se propone devorarme!