La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Yo creo que la suprema Bondad ha ocultado el porvenir, para nuestra propia dicha, con un velo impenetrable. Algunos hombres que han recibido de la Naturaleza el don de una gran exactitud matemática, pueden llegar, por un estudio profundo del pasado, a levantar una punta de ese velo y entrever, como a través de una bruma, los sucesos futuros; pero estas excepciones son raras, y desde que la religión abolió la fatalidad, desde que la filosofÃa puso lÃmites a la fe, los profetas han perdido las tres cuartas partes de su amiga. Y sin embargo… —añadió Gilberto.
—Sin embargo ¿qué? —preguntó la Reina, al ver que el doctor se interrumpÃa, quedando pensativo.
—Y sin embargo, señora —prosiguió, como si hiciera un esfuerzo sobre sà mismo para abordar cuestiones que su razón relegaba al dominio del olvido—, y sin embargo, hay un hombre…
—¿Un hombre?… —repitió la Reina, que seguÃa con palpitante interés las palabras de Gilberto.
—Hay un hombre que ha confundido algunas veces con hechos irrecusables todos los argumentos de mi inteligencia.
—¿Y ese hombre es?
—No me atrevo a nombrarle ante Vuestra Majestad.
—Ese hombre es vuestro maestro, ¿no es verdad, doctor? ¡Es el hombre todopoderoso, el hombre inmortal, el divino Cagliostro!