La Condesa de Charny

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En la noche del 26, los mandatarios del municipio, reunidos en consejo en la Casa Ayuntamiento, leían el decreto del comité de investigaciones, que se acababa de expedir, cuando se anunció de pronto que el señor de Provenza solicitaba ser introducido.

—¡El hermano del Rey! —exclamó el buen Bailly, que presidía la Asamblea.

—Sí, señor —contestó el ujier.

Al oír estas palabras, los concejales se miraron unos a otros. El nombre del señor de Provenza estaba desde la víspera en todas las bocas.

Pero sin dejar de mirarse, se levantaron.

Bailly paseó una ojeada interrogadora en torno suyo, y como las mudas contestaciones que leyó en los ojos de sus colegas le parecieran unánimes, dijo al ujier:

—Anunciad al señor de Provenza que, si bien extrañando el honor que nos dispensa, estamos dispuestos a recibirle.

Pocos minutos después se introducía al hermano del Rey.

Iba solo, con el rostro pálido, y su paso, de ordinario poco seguro, era más vacilante que de costumbre.

Por fortuna para el Príncipe, los individuos del Ayuntamiento, teniendo las luces a su lado en la inmensa mesa, en forma de herradura, en que todos trabajaban, el centro de esta quedaba en una oscuridad relativa.


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