La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Hablad, caballero —dijo—, ya os escucho.

El escribano leyó, o más bien, balbuceó la sentencia. Se condenaba al Marqués a la pena de muerte; debía reconciliarse delante de Nuestra Señora, y después sería ahorcado en la Greve.

Favras escuchó toda la lectura con la mayor calma, sin fruncir el ceño, ni aun al oír la palabra ahorcado, tan dura de escuchar para un caballero. Pero después de una pausa, y mirando fijamente al escribano, le dijo:

—¡Oh, caballero!, ¡os compadezco por veros obligado a condenar a un hombre con semejantes pruebas!

El escribano eludió la contestación.

—Señor —le dijo—, ya sabéis que no os queda más consuelo que la religión.

—Os engañáis, caballero —repuso el condenado—, me quedan todavía los que hallo en mi conciencia.

Y el señor de Favras saludó al escribano, que no teniendo ya nada que hacer allí, se retiró.

Sin embargo al llegar a la puerta, volvió la cabeza.

—¿Queréis que os envíe un confesor? —preguntó al condenado.

—¿Un confesor de parte de los que me asesinan? —exclamó—. ¡No, señor, porque me sería sospechoso! ¡Os entregaré mi vida, mas quiero reservarme mi salvación!… Que venga el cura de San Pablo.


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