La Condesa de Charny

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Capítulo XLVII

Aquellas dos horas se habían empleado bien.

Detrás del escribano habían entrado dos hombres de aspecto sombrío y traje patibulario.

Favras había comprendido que tenía delante los precursores de la muerte, la vanguardia del verdugo.

—¡Seguidnos! —dijo uno de ellos.

El Marqués se inclinó en señal de asentimiento.

Después, mostrando con la mano el resto de su ropa, que estaba sobre una silla, preguntó:

—¿Me dais tiempo para acabar de vestirme?

—Tomad el que necesitéis —contestó el que había hablado.

El Marqués se adelantó entonces hacia la mesa donde estaban los diferentes objetos de su estuche, y sirviéndose del espejito pendiente de la pared, se abotonó el cuello de la camisa, formó un gracioso pliegue en la chorrera e hizo un elegante lazo con su corbata.

Después se puso la casaca.

—¿Debo llevar mi sombrero, señores? —preguntó después.

—Es inútil —contestó el mismo hombre.

El que se callaba había mirado al Marqués con una fijeza que llamó la atención de este.

Hasta le pareció que el hombre le había guiñado el ojo de una manera imperceptible.


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