La Condesa de Charny

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Pero aquella señal fue tan rápida, que el Marqués quedó en la duda.

Por lo demás, ¿qué tendría que decirle?

Y no pensó ya más en ello.

Hizo una señal amistosa al carcelero Luis, y dijo:

—Ya he concluido, señores; podéis salir, os sigo.

En la puerta esperaba un ujier.

Este último se puso en marcha; detrás de él avanzó Favras, y los dos hombres fúnebres le siguieron.

El siniestro cortejo se dirigió al piso bajo.

Allí esperaba un pelotón de guardia nacional.

Entonces el ujier, seguro con este apoyo, dijo al condenado:

—Caballero, tened la bondad de entregarme vuestra cruz de San Luis.

—Creía estar condenado a muerte y no a la degradación —contestó el Marqués.

—Es la orden, caballero —replicó el ujier.

Favras desató su cruz, y no queriendo ponerla en manos del ujier, la depositó en las del sargento que mandaba el pelotón de la guardia nacional.


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