La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Se estaba en aquel momento supremo, cuando se oyó al fin el ruido de un coche en el interior de los patios. El conde de Provenza se precipitó hacia la ventana, pero no pudo ver más que una sombra saltando desde el estribo del coche al primer peldaño de la escalera del palacio.
En su consecuencia, alejándose de la ventana corrió hacia la puerta; pero antes de que el futuro Rey de Francia, con su paso tardo, pudiese llegar a ella, abrióse de pronto para dar paso al joven vestido de negro.
—Monseñor —dijo—, todo ha terminado; el marqués de Favras ha muerto sin pronunciar una palabra.
—Pues entonces podemos sentarnos tranquilamente a la mesa, querido Luis.
—¡Sí, monseñor… pero a fe mía que el Marqués era un caballero muy digno!
—Soy de vuestro parecer, querido Luis —dijo su Alteza Real—, y por lo mismo beberemos a su salud una copa de vino de Constanza los postres. ¡A la mesa, señores!
En aquel momento se abrieron las dos hojas de la puerta, y los ilustres convidados pasaron desde el salón al comedor.