La Condesa de Charny

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Capítulo XLVIII

Algunos días después de la ejecución que acabamos de referir, y en cuyos detalles hemos entrado para que nuestros lectores sepan cuál es el agradecimiento que de los reyes y príncipes deben esperar los que se sacrifican por ellos, un hombre montado en un caballo gris ascendía lentamente por la avenida de Saint-Cloud.

Esta lentitud no se debía atribuir a cansancio del jinete ni a la fatiga del caballo, puesto que habían recorrido un corto trayecto; esto era fácil de ver, pues la espuma que se escapaba de la boca del cuadrúpedo no provenía de que se le hubiera hostigado mucho, sino de que se le había retenido con tenacidad. En cuanto al jinete, que era, según se reconocía a primera vista, un caballero, todo su traje, muy limpio y aseado, demostraba su preocupación para preservar su ropa del barro que llenaba el camino.

Lo que retardaba al jinete era el pensamiento profundo que visiblemente le absorbía, y acaso también la necesidad de no llegar hasta cierta hora al punto donde se dirigía.


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