La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Era hombre de unos cuarenta años, cuya notable fealdad no dejaba de tener cierto carácter distinguido: cabeza demasiado grande, mejillas abultadas, el rostro señalado por la viruela, ojos brillantes, y boca que parecía revelar la expresión del sarcasmo: tal era el aspecto de aquel hombre, cuyo tipo indicaba a primera vista que debía ocupar un elevado puesto y hacer mucho ruido.

Pero toda aquella fisonomía parecía estar cubierta de un velo producido por una de las muchas enfermedades orgánicas contra las cuales luchan en vano los más vigorosos temperamentos: complexión oscura, ojos que indicaban la fatiga, mejillas cuyo color rojizo comenzaba a palidecer, y un principio de pesadez y de obesidad malsana; he aquí los caracteres particulares del hombre, que acabamos de presentar al lector.

Llegado a lo alto de la avenida, franqueó sin vacilación la puerta que daba al patio del palacio, sondeando con los ojos sus profundidades.

A la derecha, entre dos cuerpos del edificio que formaban una especie de callejón, otro hombre que aquí esperaba hizo al jinete una señal para que se acercase.

Veíase una puerta entornada; el hombre que esperaba penetró en ella, el jinete le siguió, y un momento después encontróse en un segundo patio.


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