La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Aquí se detuvo el hombre, que vestía casaca, calzón y chaleco negros; después, mirando en torno suyo, y al ver que aquel patio estaba desierto, se acercó al jinete, sombrero en mano.
El recién llegado se acercó a su vez, e inclinándose sobre el cuello de su caballo, preguntó a media voz:
—¿El señor Weber?
—¿El señor conde de Mirabeau? —contestó el otro.
—Él mismo —dijo el jinete.
Y con más ligereza de la que se hubiera creído, se apeó al punto.
—Entrad —dijo Weber con viveza—, y tened la bondad de esperar un momento para que yo os conduzca el caballo a la cuadra.
Al mismo tiempo abrió la puerta de un salón, cuyas ventanas y puerta segunda daban al parque.
Mirabeau entró al aposento, y en los pocos minutos que duró la ausencia de Weber, se quitó las botas de cuero que calzaba, dejando descubiertas las medias de seda intactas y los zapatos muy lustrosos.
Weber volvió a los cinco minutos.
—Venid conmigo, señor Conde —dijo—; la Reina os espera.