La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—¡La Reina me espera! —exclamó Mirabeau—. ¿Habré tenido la desgracia de hacerme esperar? Yo creía, sin embargo, que había sido exacto.

—Quiero decir que la Reina está impaciente por veros… Venid, señor Conde.

Weber abrió la puerta que daba al jardín y penetró en el laberinto de calles de árboles que conducían al sitio más solitario y elevado del parque.

Allí, en medio de los árboles que extendían sus ramas tristes y sin follaje veíase, en una atmósfera de color gris que inspiraba tristeza, una especie de pabellón al que se daba el nombre de kiosco.

Las persianas de aquel pabellón estaban herméticamente cerradas, excepto dos que, acercadas una a otra, dejaban pasar, como a través de las troneras de una torre, dos rayos de luz suficientes apenas para iluminar el interior.

Un fuego brillante ardía en la chimenea, iluminada además por dos candelabros.

Weber hizo entrar al que le seguía en una especie de antecámara, y después, abriendo la puerta del kiosco, no sin haber tocado antes en ella con los dedos, dijo a media voz:

—El señor conde Riquetti de Mirabeau.

Y se apartó para que el señor Conde pasase adelante.


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