La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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Y la Reina exhaló un suspiro, llevándose el pañuelo a los ojos.

—Señora —dijo Mirabeau, conmovido ante aquel gran infortunio que no se ocultaba de él, y que, bien fuese por hábil cálculo de la Reina, o ya por debilidad de mujer, le mostraba sus angustias, dejándole ver sus lágrimas—, señora, cuando habláis de los hombres que os atacan, supongo que no os referís a mí. He profesado los principios monárquicos cuando no veía en la corte más que su debilidad, y no conocí ni el alma ni el pensamiento de la augusta hija de María Teresa. He combatido por los derechos del trono cuando no inspiraba más que desconfianza, y cuando todos mis pasos, criticados por la malignidad, parecían otros tantos lazos. He servido al Rey sabiendo que no debía esperar de él, hombre justo, pero engañado, ni beneficio ni recompensa. ¿Qué haré yo ahora, señora, cuando la confianza reanima mi valor, y cuando el agradecimiento que me inspira mi acogida de Vuestra Majestad, hace de mis principios un deber? ¡Es tarde, señora, bien lo sé! —continuó Mirabeau, moviendo la cabeza a su vez—, y tal vez la monarquía, al proponerme que la salve, no tiene en realidad más objeto que perderme con ella. Si yo hubiese reflexionado, tal vez habría elegido, para aceptar el favor de esta audiencia, otro momento que aquel en que Su Majestad acaba de entregar a la Cámara el famoso libro rojo, es decir, el honor de sus amigos.


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