La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¡Cómo ha de ser, señor Conde, es una de las desgracias de nuestra posición! Los reyes no pueden ya elegir sus amigos ni sus enemigos; y algunas veces deben aceptar forzosamente abnegaciones funestas. Estamos rodeados de hombres que quieren salvarnos y que nos pierden; sus proposiciones, que alejan de la próxima legislatura a los individuos de la Asamblea actual, son un ejemplo contra vos. ¿Queréis que os cite uno contra mÃ? ¿CreerÃais que uno de mis más fieles, amigos, hombre que, segura estoy de ello, darÃa la vida por nosotros, ha conducido a nuestra comida pública, sin advertirnos nada, a la viuda y a los hijos del marqués de Favras, vestidos de luto los tres? Al verlos, mi primer impulso fue levantarme, salirles al encuentro, hacer sentar a los niños de este hombre que tan valerosamente ha muerto por nosotros —pues yo, señor Conde, no soy de aquellas que reniegan de sus amigos—, hacerles sentar entre el Rey yo… Todas las miradas estaban fijas en nosotros, y se querÃa saber lo que harÃamos. Yo vuelvo la cabeza y… ¿sabéis quién estaba detrás de mÃ, a cuatro pasos de mi sillón? ¡Pues nada menos que Santerre, el hombre de los arrabales!… Me recosté en mi sillón, llorando de cólera, y sin atreverme siquiera a fijar los ojos en la viuda y en los huérfanos. Los realistas me censuraron por no haber dado una prueba de interés en favor de la desgraciada familia; y los revolucionarios estarán furiosos al pensar que no los han presentado con mi consentimiento. ¡Oh, caballero! —siguió la Reina, moviendo la cabeza—, es preciso parecer cuando nos vemos atacados por hombres de genio, y defendidos por personas muy apreciables sin duda, pero que no tienen la menor idea de nuestra posición.