La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Era hombre de cuarenta y cinco a cuarenta y ocho años, con traje de obrero, es decir, calzón de terciopelo, preservado por un mandil de cuero con bolsillos, como los de los herradores o cerrajeros; llevaba medias de un color gris, zapatos con hebilla de cobre, y una especie de gorra de pelo, gorra semejante a la de un hulano, cortada por la mitad; bajo ella se escapaban abundantes cabellos grises, que uniéndose con enormes cejas, sombreaban grandes ojos a flor de la cabeza, vivos e inteligentes, cuyos reflejos eran tan rápidos que difícilmente se podía decir si tenían color verde o gris, azul o negro. Completaban el conjunto del rostro una nariz más gruesa de lo regular, labios abultados, dientes muy blancos y tez curtida por el sol.
Sin ser alto, aquel hombre estaba admirablemente formado: tenía el pie pequeño, así como también la mano, y hasta hubiera parecido esta delicada a no ser por aquel color bronceado de los operarios que trabajan el hierro.
Pero remontando desde esta mano al codo, y desde el codo hasta la parte del brazo donde la camisa arremangada permitía ver el principio de un músculo vigoroso, se hubiera podido notar que, a pesar de la robustez de este último, la piel que le cubría era muy fina, casi aristocrática.
