La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Aquel hombre, de pie en la puerta de la taberna del puente de Sevres, tenía a su alcance un fusil de dos cañones ricamente incrustado en oro, y en uno de aquellos se podía leer el nombre de Leclére, armero que comenzaba a gozar de gran reputación en la aristocracia de los cazadores parisienses.
Tal vez se nos pregunte cómo tan magnífica arma se hallaba en manos de un simple obrero. A esto contestaremos que en los días de motín, y no hemos visto pocos, no se encuentran siempre en las manos más blancas las mejores armas.
Aquel hombre había llegado de Versalles hacía una hora, poco más o menos, y sabía perfectamente lo que acababa de pasar, pues a las preguntas que le hizo el posadero al servirle una botella de vino, sin destapar aún, había contestado:
Que la Reina venía con el Rey y el Delfín.
Que había marchado al mediodía, poco más o menos.
Que se habían decidido, al fin, a vivir en el Palacio de las Tullerías; de modo que, en lo futuro, París no carecería probablemente de pan, puesto que tendrían tahoneros.
Por último, el hombre añadió que esperaba, para ver pasar el cortejo.
