La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Señora —dijo con una cortesÃa tan respetuosa como audaz—, cuando vuestra augusta madre, la emperatriz MarÃa Teresa, dispensaba a uno de sus súbditos el honor de recibirle, jamás le despidió sin darle a besar su mano.
Y se mantuvo en pie esperando.
La Reina miró aquel león encadenado que tan sólo solicitaba echarse a sus pies, y luego, con la sonrisa del triunfo en los labios, alargó lentamente su hermosa mano, frÃa como el alabastro, y casi tan transparente como este.
Mirabeau se inclinó, aplicó sus labios sobre aquella mano, y levantando después la cabeza con orgullo:
—¡Señora —dijo—, por este beso, la monarquÃa está salvada!
Y salió muy conmovido y alegre, creyendo él mismo, pobre hombre de genio, en la realización de la profecÃa que acababa de hacer.