La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—En cinco, señor Raynal —replicó el joven con una confianza en sí mismo que no debía dejar la menor duda en el ánimo de sus oyentes.

—Ya lo veis, señora Billot —dijo el doctor Raynal.

—Pues bien, hágase así —repuso la madre Billot—, pero decid alguna palabra sobre vuestras esperanzas al pobre padre.

—¿Dónde está? —preguntó el doctor.

—Aquí, en la habitación contigua.

—Es inútil —dijo una voz desde el umbral de la puerta—, todo lo he oído.

Y en efecto, los tres interlocutores, que habían vuelto la cabeza estremeciéndose al oír aquella voz, vieron al labrador, pálido y de pie en la puerta.

Después, como si aquello fuera todo lo que necesitaba escuchar y decir, Billot entró en su aposento sin hacer ninguna observación sobre las disposiciones adoptadas para aquella noche por el doctor Raynal.

Pitou cumplió su palabra: al cabo de un cuarto de hora estaba de regreso con la poción calmante adornada de su etiqueta y con el sello del señor Pasquenaud, doctor farmacéutico de padre a hijo en Villers-Cotterêts.


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