La Condesa de Charny
La Condesa de Charny En efecto, las pescaderas se apearon de sus caballos, es decir, de los de los guardias, atando en los arzones de las sillas los sables y las carabinas; los hombres fuertes y las señoras del mercado bajaron de sus cañones, que aparecieron en su terrible desnudez.
Entonces se formó un cÃrculo que rodeó la carroza del Rey, separándola de la guardia nacional y de los diputados, emblema formidable de lo que debÃa suceder después. Aquel corro, de buena intención, para demostrar su alegrÃa a la familia real, cantaba, gritaba y vociferaba; las mujeres abrazaban a los hombres, y estos las hacÃan saltar como en las kermeses de Teniers.
Esto pasaba al anochecer, en un dÃa sombrÃo y lluvioso; de modo que el corro, iluminado solamente por mechas de cañón y fuegos artificiales, tomaba en sus matices de sombra y de luz un aspecto fantástico, casi infernal.
Al cabo de media hora, poco más o menos, de gritos, de clamores, de cantos y de danzas enmedio del barro, el cortejo profirió un inmenso «¡hurra!», y todos los que tenÃan un fusil cargado, hombre, mujer o niño lo dispararon al aire, sin cuidarse de las balas, que cayeron al cabo de unos instantes en los charcos de agua, como si fueran granizos.
El DelfÃn y su hermana lloraban, y era tal su miedo, que ya no tenÃan hambre.