La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Señora Clement, no os privéis de dormir; recordad que el señor Raynal me hace estar aquà para velar a la enferma, a fin de que podáis descansar un poco.
—¡Ah!, sÃ, es cierto —contestó la enfermera.
Y, en efecto, como si no hubiera esperado más que este permiso, la buena mujer se hundió en su sillón exhalando a su vez un suspiro, y después de un instante de silencio, un ronquido, tÃmido al principio, pero cada vez más sonoro, acabó por dominar completamente la situación a los pocos minutos. La buena enfermera entró con velas desplegadas en el paÃs encantado del sueño, que de ordinario no recorrÃa más que en la meditación.
Catalina habÃa seguido el movimiento de Pitou con cierto asombro, y con la penetración peculiar de los enfermos, no perdió palabra de lo que Pitou habÃa dicho a la enfermera.
El joven permaneció un instante junto a la enfermera, como para asegurarse que su sueño era verdadero, y después, cuando ya no le quedó la menor duda por este concepto, acercóse a Catalina moviendo la cabeza y con los brazos pendientes.
—¡Ah, señorita Catalina! —exclamó—, ¡bien sabÃa yo que le amabais; pero no que le amabais tanto!