La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Sin embargo, la presencia de aquel antiguo amigo, con quien Catalina habÃa sido a veces tan injusta, produjo en la enferma una impresión más profunda que las anteriores, y aunque conservaba los ojos cerrados, parecÃale ver, en un estado más tranquilo y menos febril, al buen viajero que el hilo interrumpido de sus ideas le representaba con su padre en ParÃs.
De aquà resultó que, poseÃda de la idea de que Pitou era esta vez una realidad y no una evocación de su fiebre, entreabrió tÃmidamente los ojos para asegurarse de que aquel que habÃa visto se hallaba siempre en el mismo sitio.
Inútil es decir que no se habÃa movido.
Al ver que los ojos de Catalina se abrÃan de nuevo, fijando en él la mirada, el rostro de Pitou se iluminó y el buen joven extendió los brazos.
—¡Pitou! —murmuró la enferma.
—¡Señorita Catalina! —exclamó el joven.
—¿Qué hay? —preguntó la señora Clement volviéndose.
Catalina dirigió una mirada inquieta a la enfermera, y con un suspiro dejó caer la cabeza sobre la almohada.
Pitou adivinó que la presencia de la señora Clement molestaba a la enferma, y dirigiéndose a ella le dijo en voz baja: