La Condesa de Charny
La Condesa de Charny La enfermera echó en la cuchara algunas gotas del calmante traído por Pitou y lo introdujo entre los labios secos y los dientes oprimidos de Catalina, que maquinalmente absorbió el dulce licor.
Después, la enferma apoyó de nuevo la cabeza en su almohada, y la señora Clement, satisfecha de haber cumplido con su deber, se recostó de nuevo en su sillón.
Pitou dejó escapar un suspiro, creyendo que Catalina no le había visto siquiera.
Pero se engañaba; cuando ayudó a la señora Clement a levantar a la enferma para beber las pocas gotas de brebaje, Catalina entreabrió los ojos en el momento de reposar la cabeza en la almohada, y creyó ver a Pitou.
Mas en el delirio de la fiebre que le aquejaba hacía trece días, había visto tantos fantasmas que tan sólo aparecieron un momento para desvanecerse al punto, que tomó el verdadero Pitou como un Pitou fantástico.
El suspiro que Pitou acababa de exhalar no era, por consiguiente del todo exagerado.