La Condesa de Charny
La Condesa de Charny El sentimiento de la misericordia que le había dominado al pensar en la joven, no había disminuido al verla, como ya se comprenderá. Ahora que le era permitido tocar la llaga con el dedo, por decirlo así, y juzgar de los terribles estragos que puede hacer esa cosa abstracta que llaman amor, hallábase más que nunca dispuesto a sacrificarse el suyo, que le parecía de tan fácil composición ante el amor exigente, febril y terrible que parecía dominar a Catalina.
Estas reflexiones le ponían insensiblemente en la disposición de ánimo que debía estar para favorecer el plan del doctor Raynal.
En efecto, el buen hombre había pensado que el remedio que Catalina necesitaba ante todo era ese tópico que llaman confidente.
No era tal vez un gran médico el doctor Raynal, pero sí un gran observador, como ya hemos dicho.
Una hora después de la entrada de Pitou, Catalina se movió, exhalando un suspiro, y abrió los ojos.
Es preciso hacer a la enfermera la justicia de que al ver esto, se puso en pie al punto, balbuceando:
—Aquí estoy, señorita. ¿Qué deseáis?
—Tengo sed —murmuró la enferma, volviendo a la vida por un dolor físico y el sentimiento por una necesidad material.