La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Ahora bien, como no podÃa hablar de Isidoro a la señora Clement ni al doctor Raynal, ni a su madre, sufrÃa mucho por verse condenada a este silencio, cuando de pronto, en el momento en que menos lo esperaba, la Providencia ponÃa ante sus ojos, abiertos ya a la vida y a la razón, un amigo de quien habÃa podido dudar un momento cuando callaba, pero no desde el instante en que pronunció las primeras palabras.
Comprendiendo que eran compasivas, y que salÃan penosamente del corazón del pobre sobrino de la tÃa Angélica, Catalina contestó sin esforzarse para ocultar sus sentimientos:
—¡Ah, señor Pitou!, ¡ved que desgraciada soy! Con esto se rompió el dique por una parte, y la corriente se estableció por la otra.
—En todo caso, señorita Catalina —continuó Pitou—, aunque no me halague mucho hablar del señor Isidoro, si esto puede agradaros, os daré noticias de él.
—¿Tú? —preguntó Catalina.
—SÃ, yo —contestó el joven.
—¿Con que le has visto?
—No, señorita Catalina; pero sé que llegó con buena salud a ParÃs.
—Y, ¿cómo sabes eso? —preguntó la joven con la mirada brillante de amor.