La Condesa de Charny
La Condesa de Charny Pitou la observó y se le escapó un suspiro; mas no por eso dejó de contestar con su acostumbrada conciencia.
—Lo he sabido, señorita, por mi joven amigo Sebastián Gilberto, a quien el señor Isidoro encontró de noche un poco más abajo de la Fontaine-Eua-Claire, y que condujo a París montado en la grupa de su caballo.
Catalina hizo un esfuerzo, apoyóse sobre un codo, y miró a Pitou.
—¿Con que está en París? —preguntó la joven vivamente.
—Es decir —objetó Pitou—, que ya no debe estar allí ahora.
—Y, ¿dónde ha de estar? —preguntó la joven con voz lánguida.
—Lo ignoro. Tan sólo sé que debía marchar a España o a Italia encargado de una misión.
Al oír la palabra marchar, Catalina dejó caer la cabeza sobre su almohada, con un suspiro acompañado de abundantes lágrimas.
—Señorita —dijo Pitou, a quien aquel dolor de la joven laceraba el corazón—, si tenéis empeño en saber dónde está, puedo informarme.
—¿De quién? —preguntó Catalina.