La Condesa de Charny

La Condesa de Charny

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—Del doctor Gilberto, que se despidió de él en las Tullerías, o bien, si lo preferís —añadió Pitou, al ver que Catalina movía la cabeza en señal de negativa—, puedo volver a París a tomar informes… ¡Oh!, esto se hará muy pronto; es cuestión de veinticuatro horas.

Catalina alargó su mano febril y presentósela a Pitou, que no comprendiendo el favor que le concedía, no se atrevió a tocarla.

—¡Vamos, señor Pitou! —le dijo Catalina sonriendo—, ¿teméis acaso contagiaros de mi fiebre?

—¡Oh!, dispensad, señorita —replicó Pitou, estrechando la mano húmeda de la joven entre las suyas, gruesas y cabellosas—, es que no comprendía. ¿Con que aceptáis?

—No, pero te doy las gracias, Pitou; lo creo inútil, y me parece imposible no recibir carta de él mañana a primera hora.

—¡Una carta! —exclamó vivamente Pitou.

Y se contuvo mirando con inquietud a su alrededor.

—Pues sí, una carta de él —contestó Catalina, buscando con los ojos la causa que podía conturbar así al cándido joven.

—¡Una carta de él!… ¡Diablos! —exclamó Pitou, mordiéndose las uñas como hombre que se ve apurado.


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