La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —Sin duda —dijo Catalina—, una carta de él. ¿Qué tiene de particular que me escriba? —repuso la enferma—. ¿Acaso no lo sabéis todo o casi todo?… —añadió en voz baja.
—No me extraña que os escriba… Si me fuera permitido hacerlo, yo también os escribirÃa, y cartas muy largas; pero temo…
—¿Qué, amigo mÃo?
—Que la carta del señor Isidoro caiga en manos de vuestro padre.
—¿De mi padre?
Pitou hizo con la cabeza un triple movimiento, que significaba sà otras tantas veces.
—¿Cómo de mi padre? —exclamó Catalina cada vez más asombrada—. ¿Acaso no está en ParÃs?
—Vuestro padre está en Pisseleu, señorita, en la granja, aquà mismo, en la habitación contigua; pero el señor Raynal le ha prohibido entrar en vuestra habitación, a causa del delirio, según dijo, y yo creo que ha hecho muy bien.
—Y, ¿por qué ha hecho bien?
—Porque el señor Billot no se muestra nada cariñoso respecto al joven Isidoro, y cuando os oyó, una sola vez, pronunciar su nombre, hizo una mueca que no tenÃa nada de agradable.
—¡Ah! ¡Dios mÃo, Dios mÃo! —murmuró Catalina estremeciéndose—, ¿qué me decÃs, señor Pitou?