La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¿Por qué tratas de forzar la consigna, Weber? —preguntó la Reina, que habÃa conservado la costumbre de tutearle.
—Señora, para estar cerca de Vuestra Majestad.
—No puedes serme útil en el Ayuntamiento, Weber, y podÃas serlo mucho en otra parte —replicó la. Reina.
—¿Dónde, señora?
—En las TullerÃas, mi fiel Weber, donde nadie nos espera, y donde, si no nos precedes, no encontraremos, ni una cama, ni una habitación, ni un pedazo de pan.
—¡Ah! —exclamó el Rey—. ¡Qué buena idea habéis tenido, señora!
La reina habÃa hablado en alemán, y el rey, que comprendÃa este idioma, aunque no le hablaba, contestó en inglés.
El pueblo habÃa oÃdo, pero sin comprender. Aquella lengua extranjera, que le inspiraba un horror invencible, produjo alrededor del coche un murmullo que amenaza convertirse en gritos cuando el cuadro de la tropa se abrió delante del coche de la reina, cerrándose de nuevo detrás de él.