La Condesa de Charny

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Bailly, una de las tres popularidades de la época, Bailly, a quien ya hemos visto aparecer en el primer viaje del Rey —cuando las bayonetas, los fusiles, y los cañones desaparecían bajo los ramos de flores, olvidados en este segundo viaje—, Bailly, decimos, esperaba al Rey y a la Reina al pie de un trono improvisado para recibirlos, trono mal seguro, mal unido, que crujía bajo el peso de los terciopelos con que estaba cubierto, verdadero trono de circunstancias.

El alcalde de París dijo al Rey en este segundo viaje, poco más o menos, lo mismo que le había dicho en el primero.

El Rey contestó:

—Siempre vengo con placer y confianza para estar enmedio de los habitantes de mi buena ciudad de París.

El Rey había hablado en voz baja, con una voz apagada por la fatiga y por el hambre, y Bailly repitió la frase en alta voz para que todos pudiésemos oírla.

Pero, voluntaria o involuntariamente, se le olvidaron las dos palabras «y confianza».

La Reina lo notó.

Y en su amargura se alegró encontrar un paso para usar de la palabra.

—Dispensad, señor alcalde —dijo bastante alto para que los que la rodeaban no perdiesen nada de su frase—: O habéis oído mal, o sois corto de memoria.


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