La Condesa de Charny
La Condesa de Charny —¿Cómo decís, señora? —balbuceó Bailly volviendo hacia la Reina sus ojos de astrónomo, que tan bien veía en el cielo y tan mal en la tierra.
Toda revolución, entre nosotros, tiene su astrónomo, y en el camino de este se abre traidoramente el pozo donde debe caer.
La Reina replicó:
—El Rey ha dicho, caballero, que siempre venía con placer y confianza para estar enmedio de los habitantes de su buena ciudad de París; y como se podía poner en duda que viene con gusto, es preciso que todos, sepan por lo menos que viene con confianza.
Después franqueó las tres gradas del trono y tomó asiento junto al Rey, para escuchar los discursos de los electores.
Entretanto, Weber, ante cuyo caballo la multitud abría paso, gracias a su uniforme de oficial de Estado Mayor, llegaba al palacio de las Tullerías.
Hacía largo tiempo que este alojamiento real, como le llamaban en otra época —edificio construido por Catalina de Mediéis, habitado muy poco por ella y abandonado después por Carlos IX, por Enrique II y por Enrique IV los cuales pasaron al Louvre, y por Luis XIV, Luis XV y Luis XVI, que fueron a vivir en Versalles— no era más que una sucursal de los palacios reales, donde habitaban individuos de la corte, pero donde jamás, tal vez, había a puesto los pies ni el Rey ni la Reina.